Los días impares
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Atrás ] Principal ] Arriba ]                   06/10/2009

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Me mudo al trópico


Mis tulipanes han decidido, precisamente hoy, empezar a brotar.

Tímidamente.

Hoy, que una vez más la mañana me encuentra hastiada del tedioso ciclo de muerte y renacimiento de cada año. Ciclo que presencio, y - como si me corriera clorofila por las venas -protagonizo en primera persona.

Con esta molesta sensación de irrelevancia atenazándome, anclándome al sillón, paralizada por la evidencia de mi futilidad. Cumpliendo rutinas automáticamente. Bloqueada cualquier acción por la certeza de la inutilidad y de la intrascendencia. Quiescente. Sin estar, sin hablar, sin crear, sin dormir. Ignorándoos. Ignorándome.

Postponiendo esa tediosa y absurda negociación conmigo misma: a mínimos, a sottovoce, enumeración de listas de agravios antiguos y racionalización cansina e iterativa de fatalidad, absurdo enfrentamiento anual con los efectos del frío y la oscuridad. Como si fueran culpa mía, o consecuencia de mi pensar. Como si fueran ridículas consecuencias de desequilibrios homeopáticos o bioquímicos tributarios de modificación. Como si pudieran limpiarse con consejos no solicitados.

Las plantas reajustan su distribución de savia cuando su circulación se dificulta por la llegada del frío y las horas de luz disminuyen la eficiencia de la fotosíntesis. Salomónicas, sacrifican las hojas: las dejan secar y se libran de ellas por abscisión, separándolas de las ramas. Vale, es para que la planta sobreviva a mínimos y las yemas superen el invierno y rebroten al año siguiente, pero cuéntaselo a las hojas.

A mi se me dificulta la circulación de la alegría cuando se me enfrían las manos y los pies, y las horas de luz eléctrica reemplazan el calor del sol en mi pelo. Salomónica, sacrifico mis ganas; las dejo secar y me libro de ellas por abscisión, separándolas de mi corazón. Vale, es para sobrevivir a mínimos y que mis emociones superen el invierno y rebroten al año siguiente, pero cuéntaselo a mis ojos.

Será por eso que lo que hago es vegetar.

Pero se me queda corta la vida. Ya me rebelo contra perder un tercio diario del tiempo inerte, durmiendo, recargando las pilas. Me parece un derroche intolerable además hibernar un tercio del año desganada, esperando la playa y la manga corta. Quiero más, mucho más, multiplicarme, ver más, hacer más, ser más. Antes de que el ciclo se acabe y la película finalice con un mediocre fundido en gris.

Es obvio. Tengo que emigrar al trópico.

 

Un cuento de princesas


Adoro a las princesas. Princesas pequeñitas y princesas maduras, princesas lindas y princesas guapas. Princesas listas y princesas bobas. Princesas empáticas y princesas atolondradas. Princesas caprichosas y princesas prácticas. Princesas pesimistas y princesas entusiastas. Princesas de colores y princesas grises. Princesas ociosas y princesas estudiosas. Princesas desgarbadas y princesas estilosas. Princesas duras y princesas suaves. Princesas aristócratas y princesas llanas. Princesas charlatanas y princesas calladas. Princesas atentas y princesas despistadas. Princesas quejicas y princesas comprensivas. Princesas risueñas y princesas adustas. Princesas simples y simples princesas.

Adoro a las princesas. Llenan el espacio y hacen cada día el mundo más bonito. Desplazan lo feo. Solo con disfrutar de su propia existencia, minuto a minuto, y moviéndose en el aire, esparciendo calor y vida, color y música, palabras y risas.

Adoro a las princesas, aunque no hable con ellas. Aunque vivan lejos, me gusta que estén. Aunque no nos conozcamos, siento que podríamos ser amigas, o enemigas. Que podríamos reír, o llorar, sorprendernos o indignarnos. Me hacen consciente del regalo que el tiempo me presta: un momento fugaz de vida normal, tan bello, tan valioso, y tan poco valorado como las gotas de agua.

Ayer tarde un dragón feo y tonto bajó en picado y con su boca llena de dientes toscos, retorcidos y descuidados robó una princesa, como el que roba un trapo en el mercadillo. De cualquier manera, lastimándola sin prestar ninguna atención a su piel fina y delicada. La levantó patosamente y se la llevó con su tosco aletear sin más conmiseraciones. Dejando caer sin cuidado tanto esfuerzo por ser, por vivir, por disfrutar, por estar. La raptó de su casa, de las páginas de un libro, de la cama de su marido, de la cola del pan, de los brazos de su madre, de la mesa en la que cenaba, del volante de su coche, de la risa de sus amigas, del teclado de su ordenador, del probador de la tienda, del reloj de fichar, del tiempo de los días normales y corrientes. La robó de los lunes grises, de los martes inacabables, de los miércoles de rutina, de tantos jueves tranquilos, de los viernes pletóricos, sábados de cháchara, domingos de sofá. Le quitó el sueño por las mañanas, el hambre del mediodía, el placer de ver llegar el verano, la sorpresa de la nieve, las carreras bajo la lluvia.

No era una princesa cualquiera. Era una princesa guapa, lista, empática, práctica y entusiasta, estudiosa, estilosa y llana, risueña, callada, atenta, comprensiva. De colores. Sabia. Simplemente princesa.

No hubo poción mágica, antorcha ardiente, ni flecha salvadora. Nadie pudo hacer nada, ningún caballero, ninguna de las princesas que velaban su sueño. Sólo congoja y agitar el pañuelo en señal de despedida. Desconsuelo y unas lágrimas, bastantes, muchas. Miles de gotas de agua bellas, valiosas, normales, fugaces. Contagiosas. Disimuladas. Transitorias.

Sólo se me ocurre pediros por favor que no olvidéis su nombre de princesa. Aunque no lo sepáis.

 

Oxímoron

 

Oxímoron: contradictio in terminis.

 

Consiste en la inclusión de dos opuestos en una misma expresión, dando lugar a una imagen o metáfora nueva.
Su sentido literal es un absurdo. Con frecuencia los oxímoron son cómicos. A veces, incluso
tragicómicos. Me gustan.

Por ejemplo:

Inversión segura, plan infalible, riesgo controlado, cómodos plazos, crecimiento negativo, mala suerte, crimen perfecto.
o
Comida light, café descafeinado, cerveza sin alcohol, chocolate sin azúcar, bronceado saludable, medicamento homeopático, vida eterna. Salud mental.

Coche ecológico. Energía limpia. Desarrollo sostenible.
o
Mentira piadosa, monarquía parlamentaria, estado autonómico, cultura de masas, justicia social, tolerancia religiosa, inteligencia militar, guerra preventiva.
o

Disculpa sincera, secreto a voces, excusa razonable, silencio elocuente, soñar despierto.

Verano interminable. Feliz cumpleaños. Feliz lunes. Feliz navidad.

És quan dormo que hi veig clar.

Yin-yang


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Líquido

Las gotas de agua no lo saben, pero quieren ser impermeables y esquivas.
Y se envuelven de elasticidad y discreción para reflejar decididas la incidencia directa; también la tangente.
Discreta y elásticamente.
Así, preservándose, descomponen. Reflejando el blanco en rosa y verde crean color. Brillante. Como las perlas jugando a ser piedras preciosas. Como la piedra de luna jugando a la magia.

Las gotas de agua no lo notan, pero quieren ser blandas y suaves.
Y por no pelear se amoldan dóciles y conciliadoras a las fuerzas opuestas; también a las confluentes.
Generosa y abiertamente.
Así, sin estridencias, se derraman. Absorbiendo el mundo a su paso. Sumisas. Como el aire al dejarse respirar. Como el calor radiante.

Las gotas de agua lo ignoran, pero quieren ser libres e independientes.
Y desprendidamente se deslizan a su antojo, sin penar por dejar atrás; también sin afán de encontrar.
Ineludible y fatalmente
Así, inconscientes, se unen. Creciendo sin ceremonias. Promiscuas. Como la luz bañando el día. Como la noche sembrando el silencio.


Las gotas de agua no lo entienden, pero quieren ser valientes e inconscientes.
Y atolondradamente columpiarse sin complejos, sin temor al vacío; tampoco al destino.
Suicida e insensatamente.
Así, imprudentes, se asoman. Asumiendo el vértigo a caer. Temerarias. Como el sonido explorando la negrura del túnel. Como la onda surcando la tersura de un charco.


Las gotas de agua se saben inmortales, anónimas, iguales, secretas y eternas. Como la lluvia. Como las profundidades abisales. Como la nieve perpetua. Como un vaso a medio llenar.

 

Bajo la lluvia

Llueve.

Camino bajo el azul de mi paraguas, inconsciente de mis pasos automáticos y pragmáticos, encaminados. La cadencia de mi pisar acompasa pensamientos accesorios.
No tengo prisa. No tengo frío. No estoy alegre. No estoy preocupada. No siento nada.

Camino.

Como en un videoclip casero van pasando luces en el agua de la acera. De tiendas, farolas, coches y semáforos, de la boca de metro. De fondo, como créditos de película, diciendo todo no me dicen nada.

Camino.

Me rebasan sombras y ropas y cuerpos y almas, bolsos llenos y carteras vacías, compras de supermercado y mochilas de deporte, conversaciones de T10 en mano. Charlas que no son para mí. Vanas o emotivas, cotidianas o vacías, importantes o irrelevantes.
Ignorada, las ignoro.

Camino.

Me inunda el pecho un sentimiento, palpable, desde un rincón privado en plena calle.
Flota a cámara lenta a mi derecha.
Levanto la vista e intruyo un espacio paralelo donde dos cuerpos se afanan, arrastrados sin remedio uno sobre otro, puro presente.
Avariciosa, me demoro, mi paso retenido entre el pasado y el futuro: no hay ruido, no hay lluvia, no hay gente, no hay luces. Solo el magnético intuir robado en la lentitud de un recuerdo difuso y resignado. Blando, dulce, inquietante, poderoso, desmentido, remoto, añorado, inalcanzable.

Breve.

Como el clic de un interruptor, mi paso roza el suelo y vuelve la calle, la gente, el ruido, la lluvia. Continua mi caminar.
Cierro el paraguas y miro al cielo: las nubes alumbradas por la ciudad son anaranjadas. Las gotas que me tocan, grises a la luz de las farolas, caen hasta el cristal mis gafas. Suena un movil, pasan una moto y un autobús. Paran los coches, me toca pasar.

Llego tarde, pero eso ya no tiene arreglo.

Procrastinar

 

Lo que hay que empezar.

Lo que hay que acabar.

Lo que hay que arreglar.

Lo que hay que mantener.

Lo que hay que construir.

Lo que hay que destruir.

Lo que hay que adquirir.

Lo que hay que transferir.

Lo que hay que descubrir.

Lo que hay que decir.

Lo que hay que callar.

Lo que hay que hacer.

Lo que hay que dar.

Lo que hay que recibir.

Lo que hay que contestar.

Lo que hay que leer.

Lo que hay que escribir.

Lo que hay que ver.

Lo que hay que amar.

Lo que hay que ignorar.

Lo que hay que reir.

Lo que hay que llorar.

Lo que hay que vivir.

Lo que hay que dormir.

Lo que hay que morir.

Sólo procrastinar...

...la procrastinación, la ladrona del deseo.

 

Miradas
Esta mañana los ojitos verdes de mi nini se esforzaban por librarse del sueño y abrirse. Me han mirado perezosos pero alegres, aunque a medio gas, preguntándose "qué me pongo?". Los ojos de mi santo seguían cerrados mientras mascullaba "bon dia" cuando le hemos soplado un beso antes de irnos.

Los ojos de los conductores a lado y lado de mi coche se aborregaban hastiados y somnolientos, en la caravana de la ronda. El cielo rosado distraía mi mirada. Poco después, los ojos de mi compa se concentraban en el papel que compartíamos en el poco rato que hemos tenido para repasar, antes de mi reunión. Sólo media hora, y hay muchas cosas pendientes. La semana que viene se quedará solita, ella y su pánico escénico, que yo me voy de congreso.

Los ojos de los guiris que nos visitaban saltaban de uno a otro intentando recordar quién era quién de nosotros 8. Esa falsa modestia, manía nuestra tan íbera de no presentarnos más que con el nombre, y brevemente. Que hay que contar quién eres y qué eres, con todo lujo de detalles, como hacen ellos, que si no luego no se aclaran. Los guiris en cuestión nos escrutaban y nos tomaban las medidas al hablar. Nosotros les mirábamos fijamente, también con el pie de rey en ristre. Pasaban las horas y los ojos de mi jefe buscaban afirmaciones, negaciones y se reían por lo bajini con disimulo de vez en cuando: conformidad, concurrencia y observaciones compartidas de gestos y rasgos peculiares. Debía haber escepticismo en mi mirada cuando mi contraparte guiri no me ha convencido. Sus ojos listos y temperamentales, contrariados y contenidos: se ha callado, artero. Esperará.


Ya fuera, unas horas más tarde, por fin he encontrado abiertas las miradas de la mañana. Cansadas. Familiares. Las hemos deslizado sobre unos cuadros que las esperaban hace más de una semana. Se han soprendido, ante la rotundidad de la autoafirmación de un árbol naranja seguro de sí mismo. "Yo, arbol". Magnífico. Luego se han paseado despistadas cambiando de barrio, fijando algunas imágenes digitales, picoteando objetos de consumo.

De vuelta a casa, en el autobus, la mirada de la mujer que lloraba me cruzaba sin verme, de delante a atrás, como ondas de radio. Se mesaba el pelo amarillo cogido con una pinza amarilla, sobre sus ojos rasgados de india, llorando despacito. El niño moreno a su lado le palmeaba la espalda distraido, a ratos con la mirada perdida por la ventana. Seis o siete conversaciones se mezclaban en el aire a la vez. Nosotros íbamos juntos, callados. Él cansado, mirando al suelo. Y yo no podía apartar mi mirada de ella: de pronto no había nada más, nadie más.

Nueve calles después el autobús se ha llevado sus llantos y penas hacia el norte, rodeados de charlas vacias.

Ya en casa, mi mirada va de un cuadro a medias al otro, y al otro y al otro. Cuatro. Tan lejos todos de la rotundidad del arbol naranja!.

Edito fotos, las publico, leo, contesto.

Escribo sobre miradas.

   

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Este sitio se actualizó por última vez el 30-04-2009