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Me mudo al trópico |
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Mis
tulipanes han decidido, precisamente hoy, empezar a brotar.
Tímidamente.
Hoy, que una vez más la mañana me encuentra hastiada del tedioso ciclo
de muerte y renacimiento de cada año. Ciclo que presencio, y - como si
me corriera clorofila por las venas -protagonizo en primera persona.
Con esta molesta sensación de irrelevancia atenazándome, anclándome al
sillón, paralizada por la evidencia de mi futilidad. Cumpliendo rutinas
automáticamente. Bloqueada cualquier acción por la certeza de la
inutilidad y de la intrascendencia. Quiescente. Sin estar, sin hablar,
sin crear, sin dormir. Ignorándoos. Ignorándome.
Postponiendo esa tediosa y absurda negociación conmigo misma: a mínimos,
a sottovoce, enumeración de listas de agravios antiguos y
racionalización cansina e iterativa de fatalidad, absurdo enfrentamiento
anual con los efectos del frío y la oscuridad. Como si fueran culpa mía,
o consecuencia de mi pensar. Como si fueran ridículas consecuencias de
desequilibrios homeopáticos o bioquímicos tributarios de modificación.
Como si pudieran limpiarse con consejos no solicitados.
Las plantas reajustan su distribución de savia cuando su circulación se
dificulta por la llegada del frío y las horas de luz disminuyen la
eficiencia de la fotosíntesis. Salomónicas, sacrifican las hojas: las
dejan secar y se libran de ellas por abscisión, separándolas de las
ramas. Vale, es para que la planta sobreviva a mínimos y las yemas
superen el invierno y rebroten al año siguiente, pero cuéntaselo a las
hojas.
A mi se me dificulta la circulación de la alegría cuando se me enfrían
las manos y los pies, y las horas de luz eléctrica reemplazan el calor
del sol en mi pelo. Salomónica, sacrifico mis ganas; las dejo secar y me
libro de ellas por abscisión, separándolas de mi corazón. Vale, es para
sobrevivir a mínimos y que mis emociones superen el invierno y rebroten
al año siguiente, pero cuéntaselo a mis ojos.
Será por eso que lo que hago es vegetar.
Pero se me queda corta la vida. Ya me rebelo contra perder un tercio
diario del tiempo inerte, durmiendo, recargando las pilas. Me parece un
derroche intolerable además hibernar un tercio del año desganada,
esperando la playa y la manga corta. Quiero más, mucho más,
multiplicarme, ver más, hacer más, ser más. Antes de que el ciclo se
acabe y la película finalice con un mediocre fundido en gris.
Es obvio. Tengo que emigrar al trópico.
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Un cuento de princesas |
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Adoro
a las princesas. Princesas pequeñitas y princesas maduras, princesas
lindas y princesas guapas. Princesas listas y princesas bobas. Princesas
empáticas y princesas atolondradas. Princesas caprichosas y princesas
prácticas. Princesas pesimistas y princesas entusiastas. Princesas de
colores y princesas grises. Princesas ociosas y princesas estudiosas.
Princesas desgarbadas y princesas estilosas. Princesas duras y princesas
suaves. Princesas aristócratas y princesas llanas. Princesas charlatanas
y princesas calladas. Princesas atentas y princesas despistadas.
Princesas quejicas y princesas comprensivas. Princesas risueñas y
princesas adustas. Princesas simples y simples princesas.
Adoro a las princesas. Llenan el espacio y hacen cada día el mundo más
bonito. Desplazan lo feo. Solo con disfrutar de su propia existencia,
minuto a minuto, y moviéndose en el aire, esparciendo calor y vida,
color y música, palabras y risas.
Adoro a las princesas, aunque no hable con ellas. Aunque vivan lejos, me
gusta que estén. Aunque no nos conozcamos, siento que podríamos ser
amigas, o enemigas. Que podríamos reír, o llorar, sorprendernos o
indignarnos. Me hacen consciente del regalo que el tiempo me presta: un
momento fugaz de vida normal, tan bello, tan valioso, y tan poco
valorado como las gotas de agua.
Ayer tarde un dragón feo y tonto bajó en picado y con su boca llena de
dientes toscos, retorcidos y descuidados robó una princesa, como el que
roba un trapo en el mercadillo. De cualquier manera, lastimándola sin
prestar ninguna atención a su piel fina y delicada. La levantó
patosamente y se la llevó con su tosco aletear sin más conmiseraciones.
Dejando caer sin cuidado tanto esfuerzo por ser, por vivir, por
disfrutar, por estar. La raptó de su casa, de las páginas de un libro,
de la cama de su marido, de la cola del pan, de los brazos de su madre,
de la mesa en la que cenaba, del volante de su coche, de la risa de sus
amigas, del teclado de su ordenador, del probador de la tienda, del
reloj de fichar, del tiempo de los días normales y corrientes. La robó
de los lunes grises, de los martes inacabables, de los miércoles de
rutina, de tantos jueves tranquilos, de los viernes pletóricos, sábados
de cháchara, domingos de sofá. Le quitó el sueño por las mañanas, el
hambre del mediodía, el placer de ver llegar el verano, la sorpresa de
la nieve, las carreras bajo la lluvia.
No
era una princesa cualquiera. Era una princesa guapa, lista, empática,
práctica y entusiasta, estudiosa, estilosa y llana, risueña, callada,
atenta, comprensiva. De colores. Sabia. Simplemente princesa.
No hubo poción mágica, antorcha ardiente, ni flecha salvadora. Nadie
pudo hacer nada, ningún caballero, ninguna de las princesas que velaban
su sueño. Sólo congoja y agitar el pañuelo en señal de despedida.
Desconsuelo y unas lágrimas, bastantes, muchas. Miles de gotas de agua
bellas, valiosas, normales, fugaces. Contagiosas. Disimuladas.
Transitorias.
Sólo se me ocurre pediros por favor que no olvidéis su nombre de
princesa. Aunque no lo sepáis.
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Oxímoron |
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Oxímoron:
contradictio in terminis.
Consiste en la inclusión de dos opuestos en una misma expresión,
dando lugar a una imagen o metáfora nueva.
Su sentido literal es un absurdo. Con frecuencia los oxímoron
son cómicos. A veces, incluso
tragicómicos.
Me gustan.
Por ejemplo:
Inversión segura, plan infalible, riesgo
controlado, cómodos plazos, crecimiento negativo, mala suerte,
crimen perfecto.
o
Comida light, café descafeinado, cerveza sin
alcohol, chocolate sin azúcar, bronceado saludable, medicamento
homeopático, vida eterna. Salud mental.
Coche ecológico. Energía limpia. Desarrollo
sostenible.
o
Mentira piadosa, monarquía parlamentaria, estado
autonómico, cultura de masas, justicia social, tolerancia
religiosa, inteligencia militar, guerra preventiva.
o
Disculpa sincera, secreto a voces, excusa
razonable, silencio elocuente, soñar despierto.
Verano interminable. Feliz cumpleaños. Feliz
lunes. Feliz navidad.
És quan dormo que hi veig clar.
Yin-yang
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La foto:
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Líquido |
 Las
gotas de agua no lo saben, pero quieren ser impermeables y
esquivas.
Y se envuelven de elasticidad y discreción para reflejar
decididas la incidencia directa; también la tangente.
Discreta y elásticamente.
Así, preservándose, descomponen. Reflejando el blanco en
rosa y verde crean color. Brillante. Como las perlas jugando
a ser piedras preciosas. Como la piedra de luna jugando a la
magia.
Las gotas de agua no lo notan, pero quieren
ser blandas y suaves.
Y por no pelear se amoldan dóciles y conciliadoras a las
fuerzas opuestas; también a las confluentes.
Generosa y abiertamente.
Así, sin estridencias, se derraman. Absorbiendo el mundo a
su paso. Sumisas. Como el aire al dejarse respirar. Como el
calor radiante.
Las gotas de agua lo ignoran, pero quieren
ser libres e independientes.
Y desprendidamente se deslizan a su antojo, sin penar por
dejar atrás; también sin afán de encontrar.
Ineludible y fatalmente
Así, inconscientes, se unen. Creciendo sin ceremonias.
Promiscuas. Como la luz bañando el día. Como la noche
sembrando el silencio.
Las gotas de agua no lo entienden, pero
quieren ser valientes e inconscientes.
Y atolondradamente columpiarse sin complejos, sin temor al
vacío; tampoco al destino.
Suicida e insensatamente.
Así, imprudentes, se asoman. Asumiendo el vértigo a caer.
Temerarias. Como el sonido explorando la negrura del túnel.
Como la onda surcando la tersura de un charco.
Las gotas de agua se saben inmortales,
anónimas, iguales, secretas y eternas. Como la lluvia. Como
las profundidades abisales. Como la nieve perpetua. Como un
vaso a medio llenar.
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Bajo la lluvia |
Llueve.
Camino bajo el azul de mi paraguas,
inconsciente de mis pasos automáticos y pragmáticos,
encaminados. La cadencia de mi pisar acompasa pensamientos
accesorios.
No tengo prisa. No tengo frío. No estoy alegre. No estoy
preocupada. No siento nada.
Camino.
Como en un videoclip casero van pasando luces
en el agua de la acera. De tiendas, farolas, coches y
semáforos, de la boca de metro. De fondo, como créditos de
película, diciendo todo no me dicen nada.
Camino.
Me rebasan sombras y ropas y cuerpos y almas,
bolsos llenos y carteras vacías, compras de supermercado y
mochilas de deporte, conversaciones de T10 en mano. Charlas
que no son para mí. Vanas o emotivas, cotidianas o vacías,
importantes o irrelevantes.
Ignorada, las ignoro.
Camino.
Me inunda el pecho un sentimiento, palpable,
desde un rincón privado en plena calle.
Flota a cámara lenta a mi derecha.
Levanto la vista e intruyo un espacio paralelo donde dos
cuerpos se afanan, arrastrados sin remedio uno sobre otro,
puro presente.
Avariciosa, me demoro, mi paso retenido entre el pasado y el
futuro: no hay ruido, no hay lluvia, no hay gente, no hay
luces. Solo el magnético intuir robado en la lentitud de un
recuerdo difuso y resignado. Blando, dulce, inquietante,
poderoso, desmentido, remoto, añorado, inalcanzable.
Breve.
Como el clic de un interruptor, mi paso roza
el suelo y vuelve la calle, la gente, el ruido, la lluvia.
Continua mi caminar.
Cierro el paraguas y miro al cielo: las nubes alumbradas por
la ciudad son anaranjadas. Las gotas que me tocan, grises a
la luz de las farolas, caen hasta el cristal mis gafas.
Suena un movil, pasan una moto y un autobús. Paran los
coches, me toca pasar.
Llego tarde, pero eso ya no tiene arreglo.
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Procrastinar |

Lo que hay que empezar.
Lo que hay que acabar.
Lo que hay que arreglar.
Lo que hay que mantener.
Lo que hay que construir.
Lo que hay que destruir.
Lo que hay que adquirir.
Lo que hay que transferir.
Lo que hay que descubrir.
Lo que hay que decir.
Lo que hay que callar.
Lo que hay que hacer.
Lo que hay que dar.
Lo que hay que recibir.
Lo que hay que contestar.
Lo que hay que leer.
Lo que hay que escribir.
Lo que hay que ver.
Lo que hay que amar.
Lo que hay que ignorar.
Lo que hay que reir.
Lo que hay que llorar.
Lo que hay que vivir.
Lo que hay que dormir.
Lo que hay que morir.
Sólo procrastinar...
...la procrastinación, la ladrona del deseo.
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Miradas |
Esta
mañana los ojitos verdes de mi nini se esforzaban por librarse del sueño
y abrirse. Me han mirado perezosos pero alegres, aunque a medio gas,
preguntándose "qué me pongo?".
Los ojos de mi santo seguían cerrados mientras mascullaba
"bon dia" cuando le hemos
soplado un beso antes de irnos.
Los ojos
de los conductores a lado y lado de mi coche se aborregaban hastiados y
somnolientos, en la caravana de la ronda. El cielo rosado distraía mi
mirada. Poco después, los ojos de mi compa se concentraban en el papel
que compartíamos en el poco rato que hemos tenido para repasar, antes de
mi reunión. Sólo media hora, y hay muchas cosas pendientes. La semana
que viene se quedará solita, ella y su pánico escénico, que yo me voy de
congreso.
Los ojos de los guiris
que nos visitaban saltaban de uno a otro intentando recordar quién era
quién de nosotros 8. Esa falsa modestia, manía nuestra tan íbera de no
presentarnos más que con el nombre, y brevemente. Que hay que contar
quién eres y qué eres, con todo lujo de detalles, como hacen ellos, que
si no luego no se aclaran. Los guiris en cuestión nos escrutaban y nos tomaban las medidas
al hablar. Nosotros les mirábamos fijamente, también con el pie de rey
en ristre. Pasaban las horas y los ojos de mi jefe buscaban afirmaciones,
negaciones y se reían por lo bajini con disimulo de vez en cuando:
conformidad, concurrencia y observaciones compartidas de gestos y rasgos
peculiares. Debía haber escepticismo en mi mirada cuando mi contraparte
guiri no me ha convencido. Sus ojos listos y
temperamentales, contrariados y contenidos: se ha callado, artero.
Esperará.
Ya
fuera, unas horas más tarde, por fin he encontrado abiertas las miradas
de la mañana. Cansadas. Familiares. Las hemos deslizado sobre unos
cuadros que las esperaban hace más de una semana. Se han soprendido,
ante la rotundidad de la autoafirmación de un árbol naranja seguro de sí
mismo.
"Yo, arbol". Magnífico.
Luego se han paseado despistadas cambiando de barrio, fijando algunas
imágenes digitales, picoteando objetos de consumo.
De vuelta a casa, en el autobus, la mirada de la mujer que lloraba me
cruzaba sin verme, de delante a atrás, como ondas de radio. Se mesaba el
pelo amarillo cogido con una pinza amarilla, sobre sus ojos rasgados de
india, llorando despacito. El niño moreno a su lado le palmeaba la
espalda distraido, a ratos con la mirada perdida por la ventana. Seis o
siete conversaciones se mezclaban en el aire a la vez. Nosotros íbamos
juntos, callados. Él cansado, mirando al suelo. Y yo no podía apartar mi
mirada de ella: de pronto no había nada más, nadie más.
Nueve calles después el autobús se ha llevado sus llantos y penas hacia
el norte, rodeados de charlas vacias.
Ya en casa, mi mirada va de un cuadro a medias al otro, y al otro y al
otro. Cuatro. Tan lejos todos de la rotundidad del arbol naranja!.
Edito
fotos, las publico, leo, contesto.
Escribo
sobre miradas. |
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